Aunque no hay un “programa genético” que determine exactamente cuándo morimos, sí existe lo que los científicos llaman un límite “blando” de longevidad: una edad más allá de la cual sobrevivir se vuelve extremadamente improbable, aunque no imposible.
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¿Está el envejecimiento evolutivamente programado?
Existen modelos estadísticos que estiman la edad máxima que los humanos podrían alcanzar. Dependiendo de cómo se comporten estos modelos, algunos estudios sugieren que podría haber un límite “duro” (cuando la probabilidad de vivir más allá de cierta edad es cero), mientras que otros apuntan a que no existe un límite absoluto. Sin embargo, incluso si ese límite no fuera estrictamente fijo, la probabilidad de vivir más allá de los 120 o 130 años seguiría siendo minúscula.
Otra línea de debate es cómo se comporta la mortalidad en edades muy avanzadas. Algunos estudios han propuesto que, a partir de los 105 o 110 años, el riesgo de morir deja de aumentar. Es decir, la probabilidad de morir —sea cual sea esa probabilidad— sería la misma a los 105, 110 o más años. Pero esta idea es muy discutida, tanto por limitaciones en los datos como por los métodos utilizados para analizarlos.
En la década de 1950, la persona más longeva verificada había vivido 113 años, mientras que Jeanne Calment (Arlés, Francia) alcanzó los 122 en 1997. Actualmente, la persona viva más anciana tiene 116 años, otra mujer, la monja brasilera Inah Canabarro Lucas. De hecho, del listado de las 100 personas más longevas registradas que han existido (entre 114 y 122 años) solo dos son hombres. Esto indica que la estructura genética tiene mucha influencia en la longevidad. Se ha demostrado una diferencia significativa en la regulación de las respuestas inmunitarias entre los sexos, lo que influye directamente en el desarrollo de enfermedades relacionadas con la edad y en la esperanza de vida. También hay, por ejemplo, variantes en ciertos gens relacionados con la supervivencia después de los 85 años. Se estima que hay entre 300 y 450 supercentenarios (mayores de 110 años) en el mundo.
A pesar de los distintos modelos, todos coinciden en un punto: vivir más allá de los 130 años es tan improbable que, estadísticamente, sería un evento excepcional, casi imposible de observar en la población actual.
Finalmente, se ha planteado un tipo de límite aún más claro: el límite temporal. Si bien la esperanza de vida al nacer ha aumentado durante el último siglo, ese crecimiento se ha frenado. Desde los años ‘90, la edad máxima alcanzada por los seres humanos no ha aumentado significativamente, y la mortalidad a edades extremas no ha mejorado.
La gran diversidad de curvas de mortalidad entre especies sugiere que, al menos en teoría, la longevidad humana podría extenderse mucho más. Algunas especies viven notablemente más que los humanos: las tortugas pueden superar los 150 años, las ballenas boreales alrededor de 200, los tiburones de Groenlandia más de 400, y ciertos peces roca (rockfish) hasta 205 años. Estos ejemplos inspiran la idea de una vida humana mucho más larga. Sin embargo, esto ignora las enormes diferencias fisiológicas entre especies y cómo estas diferencias están íntimamente ligadas a los mecanismos que determinan su longevidad. Emular esas estrategias implicaría modificar aspectos fundamentales de la biología humana.
Sin embargo, esta perspectiva podría empezar a cambiar. En la última década, ha comenzado a estudiarse y utilizarse el NMN como suplemento para aumentar los niveles de NAD⁺, una molécula clave para la salud celular y metabólica. Al mejorar funciones esenciales como la producción de energía, la reparación del ADN y la regulación de la inflamación celular, el NMN no apunta simplemente a vivir más, sino a envejecer mejor. Si estos efectos se confirman y se sostienen en el tiempo, podríamos no solo aumentar la esperanza de vida saludable (a todas las edades), sino también correr —aunque sea un poco— ese límite probabilístico que hasta ahora parece infranqueable.
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Para Profundizar y Verificar: La Ciencia Detrás de lo Que Compartimos
Aquí encontrarás las investigaciones científicas originales que sustentan la información de este artículo. Cada enlace (DOI) te llevará directamente al estudio para que puedas explorar los detalles y confirmar la evidencia por ti mismo.
Arakelyan, N.A., Kupriyanova, D.A., Vasilevska, J., Rogaev, E.I., 2025. Sexual dimorphism in immunity and longevity among the oldest old. Front. Immunol. 16, 1525948.
https://doi.org/10.3389/fimmu.2025.1525948
Martinović, A., Mantovani, M., Trpchevska, N., Novak, E., Milev, N.B., Bode, L., Ewald, C.Y., Bischof, E., Reichmuth, T., Lapides, R., Navarini, A., Saravi, B., Roider, E., 2024. Climbing the longevity pyramid: overview of evidence-driven healthcare prevention strategies for human longevity. Front. aging 5, 1495029.
https://doi.org/10.3389/fragi.2024.1495029
Milholland, B., Vijg, J., 2022. Why Gilgamesh failed: the mechanistic basis of the limits to human lifespan. Nat. Aging 2, 878–884.
https://doi.org/10.1038/s43587-022-00291-z
Šetinc, M., Celinšćak, Ž., Bočkor, L., Zajc Petranović, M., Stojanović Marković, A., Peričić Salihović, M., Deelen, J., Škarić-Jurić, T., 2024. The role of longevity-related genetic variant interactions as predictors of survival after 85 years of age. Mech. Ageing Dev. 219, 111926.
https://doi.org/10.1016/j.mad.2024.111926

